DE ALTEA A BENIDORM POR LA SERRA GELADA

Para mi salir a navegar en kayak continua siendo una fiesta. Las emociones y sensaciones que siento al remar, me tienen literalmente enganchado. Pero si además paleo por un lugar chulo y nuevo me pongo más tonto que Donald Trump comiendo chile en un restaurante mejicano. Por eso hice todo lo posible por aceptar una invitación para hacer la serra gelada entre Altea y Benidorm. Este lugar lo tenia fichado en mi lista particular de “sitios-chulos-por-los-que-te-falta-navegar-Carlos” y le tenia verdaderas ganas.

La serra gelada es un parque natural situado en un espacio urbanísticamente saturado de Alicante: entre Benidorm y Altea. Visualmente es una sierra que se levanta al borde del mar. Casi sin lugares para desembarcar, y un muro que no se puede atravesar o cruzar si no eres una cabra. Es un lugar árido donde el marrón lo domina todo, y más pelado de vegetación que el jardín de Robocop. Un espacio así es un lugar de aguas limpias, y un reducto para muchas especies marinas. Por eso, ir en kayak bajo esas paredes y entre aguas tan azules es brutal. Como otras veces es mejor ver las fotos que todo lo que pueda escribir.

El lugar de salida fue junto al sur del club náutico donde hay una playa de cantos con parking. Al final éramos cinco para la travesía con un mar plato y solecito primaveral. Yo por circunstancias del guión remaba con mi Ysak, mientras todos los demás llevaban pepinazos de fibra. Eso se notó en la puntita de velocidad que me sacaban. Tenía algo de dudas de como iría con la Werner Camano después de meses (puede que años ) con la pala groenlandesa. Al final de la jornada no hubo problema con este cambio, y eso me mola, porque me gusta ser alguien sin manias. Mis compañeros empezaron fuerte. Yo como kayakista viejuno iba con una marcha menos. No tenía claro el plan de navegación e intuía la posibilidad de tirarnos unas cuantas horas sin desembarcar, con lo que ser conservador era lo mejor.

Nada mas llegar a los pies de la serra gelada comenzamos a ir pegados a las rocas, siguiendo cada pliegue de la costa. Ahí ya me dejé las legañas del madrugón y los nervios por no llegar a tiempo. Todo eso se hundió en el fondo, y me dediqué a lo que me gusta de verdad: ir a tiro de piedra de las rocas por un lugar chulo, y desconocido. Y si no hay cañas de pescar ni motos de agua (como ese día), ya es la polla. Bueno, muy tontorrón tampoco me podía poner porque si me paraba un poco, perdía el ritmo de mis compis. Por momentos parecía estar en una isla porque tras cada saliente el panorama cambiaba.

Creo que ya empezaba a escuchar trompetas celestiales cuando algo nos devolvió a la realidad. Dos emisores en plena serra gelada, lanzan aguas residuales urbanas sin pudor y a chorro. Toda la magia se desmontaba al navegar sobre una espuma que había pasado antes por el intestino de alguna(s) escocesa(s). Es entonces cuando el término “parque natural” pierde todo el significado e intención. Alguno me podrá decir “que delicado eres” pero es que en algunos rincones el olor era insoportable. Pasados los momentos escatológicos, frente a nosotros se abrió la bahía de Benidorm con esa selva de rascacielos. Para bien o para mal, la perspectiva del monstruo es diferente desde el kayak. Hicimos una parada en la cala tio Ximo para picar y cambiar líquidos.

Ya de nuevo en marcha pusimos la proa hacia la isla de Benidorm. Alguien nos engañó diciendo que veriamos delfines. Pero no los vimos, o tenían su día de descanso. Aun así rodeamos la isla y enfilamos de nuevo hacia la serra gelada. A poco de alcanzarla nos entró viento de cara y un poco de mar juguetón. Castigados ya con unas cuantas horas de paleo encima en modo “dale gas y no mires pa atrás” la vuelta se hizo durilla. Sin querer nos separamos en dos grupos, y yo iba el último. Manteníamos el contacto visual, pero al final inevitablemente perdimos de vista a los de delante. Ahí salió a relucir lo bueno de llevar emisora VHF. La pareja delantera nos comunicó por radio que paraban en una cala a hacer cosas de hombres. Sabiéndolo seguimos hasta el final de la serra gelada a resguardo del viento, y allí tranquilamente esperamos a que nos alcanzasen. Sin emisoras hubiésemos llegado al punto de partida (Altea) sin saber donde estaban, porque juro que pasamos delante de la cala donde pararon y no los vimos. No hubiese sido una situación de peligro pero si de inquietud y de hacer quinielas.

Me volvi a casa con las pilas puestas. Por un día intenso de kayak, por un lugar genial y por haber conocido a nuevos amiguetes kayakeros

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