CROACIA VUELTA A LA ISLA DE DUGI OTOK

Este viaje empezó hace meses, cuando en capitanía domestica (mi mujer) me dieron permiso para cumplir este pequeño sueño. Es por ello que esta crónica no podía empezar sin darle las gracias a mi chica. El escenario ha sido la costa de Croacia, concretamente unos cordones de islas que se encuentran frente a Zadar, en el mar Adriático. Hemos rodeado durante cinco días la isla de Dugi Otok.

No se me ocurre mejor definición del lugar que lo que reza la publicidad turística “Croacia, el Mediterráneo tal como era”. Aguas transparentes, fauna a tope, y un tremendo patrimonio paisajístico preservado de la bestia del urbanismo salvaje. Cosas que antes teníamos en España, pero que por desgracia se han convertido ahora aquí, en reductos ridículos. Si todo esto no te convence, la cerveza barata y las chicas (todas muy guapas) lo harán. Esta vez te recomiendo que veas todas mis fotos, porque aunque son muchas creo que ellas hablan por si mismas de este paraíso.

El medio ha sido la gente de Travel in Kayak que se dedican a hacer tours por esta zona y otras de Europa. Llevan material de primera y eso se nota en una travesía de seis días. Marco Venturini ha sido nuestro caótico y divertido guía. Imposible no “encariñarse” con el y ver su nivelazo remando. Al final, me vuelvo a casa con unas cuantas cervezas en el cuerpo, nuevos amigos en el bolsillo y agujetas de tanto reír. Habiendo vivido buenas sensaciones, y otras menos buenas que se hubiesen podido evitar. Con el sentimiento de haber aprendido algo en esto del kayak turistico. Y lo mas importante, con la convicción de que me va, aquello de ir de tirado de playa en playa, oliendo a choto pero eso si: en el hotel de las estrellas, ese que no tiene techo.

El primer día transcurrió con el desplazamiento en ferry desde Zadar a Zaglav y donde nos enteramos mas o menos que la idea era rodear navegando hacia el norte la isla de Dugi Otok. Estibé con facilidad el kayak. Copié la feliz idea de llevar a mano un bidón del decathlon, con un trapito. Es ideal para llevar lo valioso y no mojarlo con las manos húmedas. Llegó ese momento especial de cerrar el cubre, meter la primera palada en el agua y pensar “allá vamos”. Lo que veían mis ojos era como una enorme piscina marina que terminaba allá donde los fondos eran ya demasiado profundos. Aparte de la belleza, daba vértigo porque parecía que no hubiese agua y fueses levitando. Ese día fue bastante light y solo hicimos una veintena de kilómetros. Plantamos el campamento frente a Brbinj , donde fui a buscar cervezas y a la vuelta casi me las roba al abordaje el ferry que venia de cara.

La segunda jornada comenzó como todas a las 7 horas. Normalmente costaba como un poco mas de una hora estar en el agua. Pronto llegamos a una base de submarinos de la guerra fría. Una especie de enorme cueva de hormigón que no dejaba indiferente. Cruzamos hasta la isla de Zverinac y allí comimos espaguetis con calamar. Cruzamos a la isla de enfrente (Molat) y justo antes de una parada en una bahía vimos delfines a unos 200 metros. El viento comenzó a soplar en contra y los muchos kilómetros acumulados pusieron cuesta arriba la llegada hasta Ist, donde fijamos nuestro camping. Este fue sin duda el día mas duro al pasar la etapa de treinta kilómetros.

La mañana siguiente salió con un cielo tapado y mucho viento, que nos obligo a abandonar Ist, y volver costeando por la isla de Molat, para protegernos del viento. Buscamos el paso mas corto hasta la isla de Dugi Otok donde un bello  faro era la referencia. El viento y el mar nos ayudo a cruzar entre divertidas surfeadas. Por desgracia esas condiciones aconsejaron no visitar un pecio muy próximo. Visitamos el faro por dentro y nos regaló unas vistas privilegiadas desde arriba. Bordeando Dugi Otok hacia al sur llegamos a la primera playa de arena (muy blanca). Tanta belleza estaba coronada por un chiringuito donde nos ventilamos unas cervezas gloriosas. Que pena que los mosquitos nos tatuaron raras palabras en la piel. O a lo mejor es que querían emborracharse con nuestra etílica sangre.

El cuarto día nuestra ruta siguió dirección sur por la parte Adriática de Dugi Otok. Hicimos una parada en un islote pelado, donde los mosquitos terminaron el trabajo de los de la noche anterior. Y eso que me anime a bucear, pero se ve que les daba igual mi piel salada. La costa ya tenia forma de cierto acantilado y en una grieta se abría una cueva. La entrada era muy estrecha pero luego se hacia amplia, y lo que es mejor, desde arriba entre unos árboles entraba la luz del sol. Por un momento me sentí como en el libro “viaje al centro de la tierra”. Y si eso no fue poco, mas adelante encontramos una tortuga muy grande que se sumergió al vernos. No remamos mucho después de comer. Íbamos cortos de comida por la genialidad de alguien. Menos mal que Marco pescó un bonito que nos engañó el estomago a unos cuantos. Hubiese estado mejor que hubiese pillado el atún que nos saltó en los morros, en pleno frenesí cazador. Ni en el National Geografic se ven mejor estas cosas. La cala donde hicimos campamento era diminuta y tuvimos que plantar la tienda a menos de dos metros del agua. Melancólico pero incómodo.

La quinta jornada era la mas delicada. Sabíamos que teníamos 18 kilómetros por delante sin posibilidad de desembarcar, por los acantilados. Nada mas salir del refugio de la cala, el mar estaba jodido y el aire en contra. Fue una etapa muy dura, donde se hicieron paradas de reagrupamiento en abrigos de la costa. Para mi el susto estuvo en que no se como me salvé de un vuelco al parar y girarme hacia atrás. Pusimos a prueba nuestra preparación psicológica. También es verdad que tras dos días con poca y mala comida la promesa de llegar a un restaurante donde había langosta, era una poderosa energía. La comilona fue de órdago y apenas quedaron ganas para buscar un precioso lugar donde plantar el campamento.

El último día abandoné con tristeza ese olivar , por lo autentico y familiar que me resultaba. Solo quedaba llegar hasta Zaglav, nuestro punto de partida, pero antes hicimos una parada en Sali, un coqueto y genuino pueblo mediterráneo. Y hete aquí que al desembarcar tuve el susto del viaje al resbalar y pegarme un leñazo antológico. Ya lo decía Marco, que lo mas peligroso del viaje eran los resbalones y las luxaciones de cuello de tanto girarse a ver a las croatas. Y yo de lo primero tuve buena suerte y no me hice daño, de lo segundo, mala porque ninguna me hizo caso. Tras comernos unas pizzas cumplimos el trámite de llegar a nuestro lugar de salida días atrás. En la orilla no pude evitar hacer un pequeño homenaje al sea wolf de bajo volumen que fue mi montura todos estos días. Eso si , la tristeza del final se nos quitó rápido con los calamares fritos (riquísimos) y las risas que echamos en el restaurante de Roko.

Me vuelvo a casa feliz de haber pasado unos días en un verdadero paraíso para cualquier rollo naútico. Básicamente me lo he pasado bien, que era de lo que se trataba. De las pocas cosas tristes que se me ocurren es que tu que lo lees , te hubiese metido en la maleta para que hubieses remado este viaje conmigo, aunque solo fuese un poquito.