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El sábado por la mañana nos hicimos a la
mar un grupo de nueve valientes. Como casi siempre el horario previsto se supera
con holgura. Yo llevaba unos minutos dentro del agua, intentando calentar un
poco. Normalmente los compañeros salen a un ritmo muy fuerte, y no quiero sufrir
ninguna lesión, por forzar cuando no toca. Mientras la gente iba embarcando eché
un vistazo a las obras de ampliación del puerto de Oropesa. Una enorme mancha
espumosa cubría el toda la bocana, seguro que producto de remover el fondo y el
movimiento de las olas.
El día era soleado, y soplaba una ligera brisa, soportable, pero si aumentaba
nos iba a fastidiar la salida. Los días pasado habían sido nublados y con fuerte
viento, con lo que esta vez teníamos una tregua. El parte meteorológico se
había equivocado puesto que había previsión de viento de componente sur...cuando
finalmente teníamos viento de noroeste.
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Salimos rumbo al norte, llevando el viento casi de espalda, y con unas olas muy
navegables. Sorprendentemente el ritmo del grupo era muy lento. De hecho al
pasar por delante de la
torre del rey iba segundo a mucha distancia del benjamín del club que parece
que lleva un motor. El resto del grupo marchaba charlando. Aproveché para hacer
alguna foto, aunque continué remando. Personalmente prefiero hacer varias
paradas, pero que estas sean breves. Si estoy mucho rato parado me canso. Sabia
que íbamos a estar todo el día remando, y que al volver el viento fastidiaría
mucho, con lo que conservé todas las fuerzas que pude. Pasé por completo Marina
D´or, y llegué a la altura de Torrelasal. A pesar de haber estado recientemente
en el mismo lugar, no acaba de sorprenderme como cambia el paisaje. Las grúas y
el hormigón se apoderan de una costa casi virginal hasta hace pocos años. Allí
parado, esperando al resto del grupo, venían a mi mente recuerdos infantiles de
veranos de camping en esas playas. Ya no queda nada de aquellos eucaliptos y
pinos a la orilla del mar. Aquello nunca volverá, pero lo peor es que mis hijos
no lo podrán ver porque la ciudad a la orilla del mar, ha devorado todo aquello.
Solo me queda pensar cuando parará de crecer ese muralla.
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Los mas rápidos de mis perseguidores me pasaron y yo les seguí en busca de
nuestra primera parada : casa Artemio. Un agradable lugar. Un grupo de casitas
al borde del mar, que hace años serian de pescadores, y que aun te hace recordar
como era hace años la costa. Antes de salir se había comentado la dificultad de
salir en estas playas con el tiempo que teníamos. Siguiendo a un compañero de
los mas experimentados, fui el segundo en desembarcar, en el punto donde el lo
hizo. habían pequeñas olas que rompían demasiado cerca de la orilla. Baje a la
playa sin problemas no sin antes engancharme con todas las cosas que tengo en el
puente del kayak. Incluso perdí la cámara, que estaba flotando en el agua. Los
compañeros fueron llegando uno a uno. Llegó Ignacio con su
Sea Wolf, para
mi el mas bello de los kayaks que he visto, y cometí un error de pardillo. Me
arrimé a ayudarlo para sacarlo, y evitar que los guijarros de la playa rayase la
fibra de su casco. El kayak se puso paralelo a la playa y una ola lo zarandeo.
Como resultado la proa de su kayak me dejó un "agradable" recuerdo en mi rodilla
izquierda, y otro "tatuaje" en mi tobillo derecho. Recordé la lección de no
ponerse nunca en el camino de un kayak a merced del mar.
Un compañero valiente entro en la playa "marcha atrás", es decir con la proa
apuntando a las olas....y le fue bien, aunque menos mal que estábamos nosotros
para advertirle que iba derecho hacia unas rocas, pequeñas pero suficientes para
agujerear la fibra de su kayak. |
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Todo el grupo disfrutamos del solecito, y unas cervezas a la orilla del mar. Una
vez repuestas las fuerzas emprendimos el camino hacia nuestro destino. El lugar
es un antiguo cuartel de la guardia civil, ahora en completa ruina y devorado
por el mar, en la playa del
prat
de Cabanes. Un humedal protegido , y donde el urbanismo salvaje todavía no
ha llegado. El mar estaba un poco peor y cuando llegué al punto de destino me di
cuenta enseguida que esta vez no seria tan fácil desembarcar. Recogí el timón y
fui hacia donde habían desembarcado uno compañeros. Aguante bien un par de olas,
pero una me pilló de sorpresa por lo seguida que iba de la anterior. Me empezó a
girar, metí la pala para frenar ese giro y pude parar ese movimiento, pero se
invirtió de forma brusca y me hizo volcar. Por suerte el agua empieza a estar a
buena temperatura, y el frío no hizo mella en mi. No puedo decir lo mismo de las
risas de mis compañeros que estaban en la orilla. Al menos no fui el único
porque en total tres personas probamos ese día un chapuzón involuntario. Una vez
en la playa me di cuenta que efectivamente los bañistas que veíamos desde el
mar, iban desnudos. Empezamos a ocupar un amplio trozo de playa , espantando a
una pareja que había cerca. Otro grupo que había a nuestra derecha no les
importó nuestra presencia. Seguramente su pelo blanco y su vieja piel indicaban
que no estaban en edad de tener pudor.
Víctor ,que nunca acaba de sorprenderme, montó en un momento un refugio donde
cobijarnos del sol. Si se acaba el mundo quiero estar a su lado. Devoramos
nuestras viandas, y hubo gente que hasta hizo un simulacro de siesta.
Después de casi dos horas de estar en la playa, decidimos volver, en principio
de un tirón. Me costó salir desde la playa, porque cuando ya tenia puesto el
cubre, las olas me sacaron del agua y me pusieron en paralelo a la playa. Al
segundo intento logré salir no sin comerme cuatro o cinco olas que me dejaron
muy mojado. Estuve un rato esperando un compañero que no lograba salir. En ese
rato me sacaron todos una gran ventaja, una vez mas iba a quedar el último con
mucha diferencia. Viendo su parsimonia, en cuanto vi. que estaba ya en el agua
emprendí la marcha. El viento venia en diagonal casi en contra y traía consigo
olas que sin ser altas te exigían estar alerta para no tener un susto. Al rato
de remar yo saque ventaja a mis tres compañeros, y pronto perdí de vista al
resto del grupo. Fue bastante cansado luchar contra el viento, y paraba cada
pocos minutos. Tenia especial cuidado porque estaba solo con una mar
complicadas. En esta situación es donde se agradece el timón para mantener el
rumbo. Hacia el final también fui probando a palear casi paralelo al agua,
apenas levantando las hojas del agua. Se notaba que el paleo era más agradable
al no tener tanta resistencia del viento.
Llegar a puerto después de tres horas largas fue una verdadera bendición.
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