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Esta salida tenia algo especial para mi. Debo confesar que desde aquellos días, ahora lejanos, de adolescente donde aprendí a ir en kayak en el rió Mijares, planee muchas veces volver a navegar un río  El tiempo me ha enseñado que tienes que cumplir esos pequeños sueños, antes de que sientas que es demasiado tarde. Solo hacia  falta la compañía de dos amiguetes y a la vez kayakers : Key y Jose.

El despertador sonó a las 6:00, y a pesar que la ilusión era mucha, no fue agradable el madrugón. Tras un breve repaso de todo lo que me tenia que llevar, salí de casa. Encuentre con mis compañeros, con religiosa puntualidad, y enseguida estuvimos en marcha. Cubrimos el tramo Vila-Real- Tortosa con las primeras luces, y en un tiempo que a mi se me hizo muy corto. El amigo Key ya nos anticipó una cabezadita, preludio de la antológica sobada de regreso. Tras perdernos un poquito desandamos el camino y tomamos la orilla derecha del río, por la carretera E301 que al principio tenia muy buena pinta, pero se convirtió en una verdadera pesadilla, por las curvas y la estrechez. Este despiste nos hizo demorar un poco la llegada a Benifallet. Un poco antes de las nueve hacíamos entrada en este entrañable pueblo. Bajamos a la orilla del río, y creo que las emociones y las sensaciones se desbordaron un poco. Pudimos apreciar el maravilloso juego del verde de la vegetación, con la tenue luz de la mañana. Nos sorprendió la gran cantidad de plantas bajo el agua que había, y la velocidad de la corriente. El río visto tan de cerca tenia una pinta estupenda. Al sentir la fresca humedad de la hierba de la orilla en mis pies, me moría de ganas por empezar a remar.

           
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Estábamos preparándonos para la faena cuando apareció la gente de Beniemocions. Eloy era un estupendo chaval que iba a ser nuestro guía en el descenso. Del otro chico no recuerdo su nombre, puesto que ante sus constantes ofertas de kayaks de ocasión, mi mente solo se ocupaba de defenderse. Benifallet era nuestro punto de llegada, con lo cual subimos a la furgoneta camino de nuestra salida : Miravet. Allí llegamos a un paso de barca, de donde íbamos a embarcar. Este paso tiene una historia particular, puesto que fue recuperado hace muños años por un toxicómano en rehabilitación. No deja de ser sorprendente como esta barcaza pasa vehículos de una orilla a otra, como hace siglos. En ese lugar estuvimos charlando con unos veteranos kayakers de la zona que también bajaban el río. Nos advirtieron de las moscas autóctonas de la orilla que tienen una picadura especialmente dolorosa.

Bajamos los rotomod del remolque, y ultimamos los últimos detalles. Yo fui el primero en embarcar, con no demasiada habilidad, y mis pies metieron la suficiente agua para llevar el culo mojado. La Baia, me gustó, pese a ser un autovaciable. Es estrecha, pero con la suficiente estabilidad para cualquier novato. Mantiene el rumbo con facilidad, y tiene bastante comodidad. Su bajo peso también ayuda a moverla con facilidad. Como fallos señalar que entra el agua con muchísima facilidad, y la única forma de evacuarla es con una esponja que no llevaba. Nada mas entrar me percate de algo con lo que tenia que tener cuidado : la gran cantidad de plantas de la superficie. Al meter la pala se enganchaba con ellas, y si aplicabas mucha fuerza al sacarla podías volcar. también  vi pronto que los chalecos de alquiler son la leche de incómodos a la hora de remar.

Mientras Eloy se incorporaba a nosotros en mitad del río, nos fuimos familiarizando con los Baia. Tras pasarnos una barcaza que también bajaba el río, nos acercamos al pueblo de Miravet. Pudimos admirar la belleza de su castillo, y el famoso molino donde se firmo el estatut. Continuando un trozo más adelante encontramos otro molino, de época árabe, pasando con los kayaks por donde hace siglos circulaba el agua. El río a esta altura no es tan ancho como pensábamos, aunque la distancia entre las orillas es considerable. El río baja entre montañas de considerable altura llenas de pinos, y es difícil ver señales de civilización. La gente de allí nos comentaban que ahí estaba la belleza de ese tramo, lo inalterado del paraje. El grupo marchaba a una marcha muy lenta, casi al ritmo de la corriente del río. Iban charlando, y de vez en cuando Eloy comentaba cosillas del lugar. Yo por mi parte, me adelantaba a un paso más alegre, explorando de cerca las orillas, pero perdiendo muchos datos. Cuanta más velocidad imprimía al kayak me daba cuenta de que mi paleo no era equilibrado y tenia una constante tendencia en irme hacia la izquierda. Me daba rabia porque me hacia sentir demasiada dependencia del timón, que ese día no llevaba. Fui bajando la velocidad, y jugando con el lugar donde agarraba mi mano izquierda la pala, hasta que conseguí conseguir un paleo que me llevaba en línea recta.

           
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El sol comenzaba ya a calentar, y mostrar todo su poder del mes de julio. Eloy nos propuso hacer una parada cerca de una pared donde comentó que anidaban los halcones. Allí por fin pude vaciar mi kayak del agua que mojaba mi culo y pies. Cual fue mi sorpresa al comprobar que no había cogido el bocadillo que me había preparado. He aquí el secreto de que luego estuviese tan buena la comida. Después de una agradable charla de kayaks, y refrescarnos del sol de justicia, volvimos a emprender la marcha. Antes de empezar a remar nos deleitamos un rato con la visión del fondo con su vegetación, y los pececillos que pasaban. Ese fue el tramo donde el río parecía mas cerrado entre las montañas, y el paisaje era más salvaje. parecía que estuviésemos a cientos de kilómetros de cualquier sitio habitado. Estuve un rato acompañando al grupo, escuchando los interesantes comentarios de Key. Este chico mas que un friky del kayak es una enciclopedia náutica. Poco a poco el río se fue haciendo mas ancho, y empezó a soplarnos el viento de cara, cada vez con mas fuerza. La bajada se hizo un poco más desagradable, puesto que a pesar de estar habituados a estas condiciones en el mar, los kayaks no son los mismos. Se movían bastante y la bañera se volvió a llenar por las salpicaduras. Fui buscando el abrigo de las orillas donde el viento no era tan fuerte. Hubo un momento en el que me adelante bastante al grupo. A esa altura ya se notaba más la presencia del hombre y se veían casetas rurales, y se escuchaba de lejos la carretera. Ya estábamos cerca de nuestro punto de partida, puesto que el puente así nos lo indicaba. En esa altura del río rodeamos dos islas. De nuevo el río se volvía manso al encontrar refugio del viento. El enorme río se había convertido en un cauce de apenas unos metros, donde los  olores de la vegetación lo invadían todo. Te arrimabas a la orilla y legiones de zapateros venían hacia ti como si quisiesen pedirte un autógrafo. Constantemente te sobrevolaban libélulas, y era fácil sorprender alguna rana tomando el sol. Durante todo el trayecto el río tuvo una pinta estupenda, con muchísima vegetación en el fondo y las orillas, fauna, con aguas muy limpias. Nos comentaba Eloy que el río se había recuperado mucho en los últimos años, y es algo muy bonito navegar en un sitio que rebosa vida.

Pasamos por debajo del puente de hormigón, y ya se nos ofreció la vista de Benifallet. Allí nos estaban esperando con una refrescante ducha fresca. El repelente funcionó y no fuimos atacados por ninguna picadura de las temibles moscas de la orilla. Nos aseamos un poco y fuimos a dar buena cuenta de una comida estupenda. Vuelta a casa con nueva perdida, y final de la salida.  Solo queda recomendar el tramo a todos los que quieran una pequeña dosis de aventura, puesto que la belleza y la facilidad serán compañeras de viaje. Ahora solo queda el próximo reto :llegar por el Ebro hasta el mar.

           
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