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Nos habíamos citado muy de mañana en el
club náutico
de Oropesa. Como siempre, hay alguien que se retrasa y estuvimos esperando a una
compañera. Salimos a eso de las 7:30 camino de Ascó, en Tarragona.
Todos íbamos muy ilusionados y el viaje se nos hizo corto con tanto chiste y
broma. Solo tuvimos un pequeño susto y es que tuvimos que parar en el arcen de
la autopista, al descubrir que un precioso y valioso kayak de fibra había
perdido su cincha, y corría peligro de quedar en medio de la calzada. Nuestro
jefe y compañero Víctor arregló el problema en un momento.
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A la hora prevista llegamos a nuestro destino y allí nos encontramos con Emilio,
Joan, Salvador y Olivier, que iban a ser nuestros compañeros y expertos en la
navegación del río Ebro. Tomamos fuerzas con un almuerzo, y nos encaminamos al
embarcadero de Ascó para comenzar el ritual de desembarcar los kayaks y
vestirnos para remar. Yo fui el segundo en entrar al agua y apreciar el
tenebroso horizonte de la central nuclear. La corriente era algo fuerte en este
punto y me dejé llevar mientras ajustaba todo. Me di cuenta de que tenia el
cubre al reves, y tuve que quitarme el chaleco para cambiarlo. Cuando me había
dado cuenta ya me había alejado mas de 300 m de mis compañeros. Ya con todo en
orden intenté volver y me fue imposible con el consiguiente susto. En ese punto
la corriente impedía remontar. Me arrimé conforme pude a la orilla y allí entre
unas cañas embarranqué el kayak esperando al grupo. Al cabo de unos minutos
todos estaban en el agua y llegaron a mi altura.
La verdad es que me costó acostumbrarme a remar de nuevo en agua dulce. Por una
parte el kayak de mar no es especialmente manejable, llevábamos el sol de
frente, la corriente era fuerte en algunos lugares, y no encontraba mi ritmo de
paleo. Estuve durante una hora navegando sin disfrutar. Mis compañeros
exclamaban lo mucho que disfrutaban. Para muchos de ellos era la primera vez que
bajaban el río, y además teníamos un soleado día, mas propio del final de
verano, que del mes de noviembre. Nuestro no era muy rápido puesto que la gente
se dedicaba a disfrutar del paisaje.
Nuestros anfitriones nos indicaban por donde remar para evitar sitios un poco
peligrosos. Fuimos pasando por entre canales que forma el río de forma natural
en alguna de las orillas. En esos lugares el anchísimo río se vuelve estrecho e
intimo. Parece por un momento que has cambiado de lugar. En algunas partes
tenias que evitar ramas y obstáculos semisumergidos. Estábamos dentro de uno de
estos canales cuando empezamos a escuchar muy cerca el sonido de un helicóptero
que despegaba. Era la señal que llegábamos al precioso pueblo de Mora de Ebre.
Esta era nuestra primera parada para comer.
Comimos en una zona municipal de acampada, donde nuestros anfitriones nos
agasajaron. Las cocas, el buen vino, y la fruta nos hicieron retomar fuerzas.
Fue un momento muy agradable de risas y charlas kayakeras. Estábamos muy bien
pero debíamos volver a navegar si no queríamos quedarnos sin luz. Emprendimos la
marcha camino de Miravet.
Este fue el tramo que más me gustó. Ahora la luz nos venia de espaldas e
iluminaba todo de forma muy especial. En la mayoría de lugares el agua estaba
tan tranquila que hacia de espejo del paisaje. En algunos lugares la montaña se
convertía en respetables paredes. En una de ellas, Salvador nos mostraba unas
hendiduras hechas en la roca. Eran utilizadas antaño para zafarse, y remontar el
río. Aquellas señales eran recuerdos de un duro pasado.
En un momento dado, la corriente me llevó por el centro del río y no pude tomar
el canal que cogieron mis compañeros. Fui navegando cerca de las cañas, viendo
pasar alguna garza, y sintiéndome solo ante al inmenso río. Esperé a la llegada
de mis compañeros y uno de ellos se metió de lleno entre las ramas de la orilla.
El pobre se cogió a unas ramas y estuvo a punto de volcar. Los mas veteranos en
el río, nos dijeron que nunca hay que cogerse de las ramas, puesto que el cuerpo
se queda clavado, pero el kayak continua arrastrado por la corriente. El vuelco
está casi garantizado. Tras unos instantes de lucha contra las ramas, sacamos al
compañero arañado, y con hojas por todas partes.
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Llegamos al increíble pueblo de Miravet cuando el sol se escondía tras las
montañas. Desembarcamos en el embarcadero tras pasar el típico y popular Pas de
Barca. Rápidamente nos organizamos, para unos ir a buscar la furgoneta que
estaba en Ascó, y el resto subir los kayaks hasta la carretera. Ese fue uno de
los ratos un poco desagradables de la salida. Se nos hizo de noche esperando a
la furgoneta y el frío se cebó con nosotros. Durante aquel rato que nunca
parecía acabar, un compañero nos presentó al último armador y navegante de
Llauds. Fue muy interesante escuchar sus historias, y nos invitó al día
siguiente a subir a su barcaza de mas de 200 años !!!
Cuando llegó la furgoneta cargamos todo rápidamente a la luz de las linternas, y
nos marchamos a la casa rural que iba a servirnos de refugio esa noche. Una
ducha caliente, unas cervezas, y un aperitivo, y todos estábamos mejor. Cenamos
de forma estupenda, todo muy bueno y casero. Como no, la sobremesa volvió a
girar sobre conversaciones de aventuras kayakeras. Sin embargo nuestras caras
denotaban cansancio y pronto nos fuimos todos a dormir.
Al día siguiente la hora del desayuno era a las nueve. No tenia mucho sentido
madrugar, porque la espesa niebla no se levanta hasta las 10 y media de la
mañana. Cuando me levanté de mi cama ya vi las proporciones de la niebla.
Desayunamos y volvimos al mismo lugar del día anterior. allí teníamos una de las
mas bellas estampas de la jornada. El sol ya calentando y el río como si
expulsase humo. parecía como una enorme sauna. De nuevo esperamos a que alguien
llevase los coches a nuestro destino, y devolviese a los conductores. allí nos
sucedió una de las anécdotas, y es que un grupo de adolescentes bajó de un
autobús, y vino nosotros pensando que nuestros kayaks eran los que habían
alquilado. Afortunadamente no hubo que llegar a las manos, y fueron a buscar sus
kayaks a la otra orilla. Mas tarde los encontramos en el río entre risas, y
gritos de excitación....me recordaban a mi mismo hace años cuando yo me inicié.
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Con muchas ganas, nos metimos en el agua, y fuimos camino de Benifallet. Este
fue el tramo que había navegado este verano, y no le presté tanta atención. Me
dediqué a grabar video cuando paraba, y en llevar un ritmo lo más alto posible.
Poco antes de llegar al pueblo el río forma una serie de islas. Al bordear una
encontramos una pelota de tenis gigante. Estaba escondida entre las cañas e
improvisamos una especie de partido de kayak-polo en medio de un río, con kayaks
de mar. Algo bastante extraño y pintoresco. Llegamos al embarcadero de
Benifallet, y desembarcamos rápidamente para subir al Llaud centenario.
Remontamos el río un trecho remontándonos a tiempos antiguos.
Recogimos los kayaks, y nos fuimos a comer al
restaurante Pepo. Todo nos había salido perfecto y ya empezamos a planear cual
seria la próxima salida.
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